A veces, uno no sabe realmente cómo suceden las cosas. Un día eras Ernest, el otro Ariel o Martín, y de pronto ya te llamabas Rubén. Hoy no te concebiríamos con otro nombre. Lo cierto es que debes agradecérselo a tu madre. Fue ella quien lo propuso. Cuando uno va a ponerle el nombre a un hijo suyo y no quiere que se llame como él, le da muchas vueltas al asunto. Susana quería un nombre en valenciano, su lengua materna. No recuerdo exactamente cuántos nombres barajamos, pero el que más fuerza tenía era Ernest: el nombre de Ernest lluch, y, al fin de cuentas, el de Ernesto sábato o Eernesto Che Guevara. Pero no acababa de convencernos. Pensamos también en Gabriel, como Gabo García Márquez, porque a tu madre le gustaba el diminutivo de Gabri. Pero tampoco nos convencía. Mis propuestas eran mucho más extranvóticas. Yo quería un nombre argentino. Quería un Martín, como el de Sobre Héroes y Tumbas, y para Lola quería un Alejandra. También me gustaban Ariel y Román, y me entusiasmaba el nombre de Lluvia, para chico o chica, que igual daba. Evidentemente, no me dejaron. Así que un día cenando con los músicos, Nicolás, Césares, Antonio y Mavi, tú soltaste la propuesta de Rubén. El nombre gustó enseguida. No tenía diminutivos, el sobrino de César se llamaba así, y tenía poeta y todo, como Rubén Darío. Fue la cena definitiva. Quizás, si no hubieramos cenado allí ese día, hoy no te llamarías así. Son las cosas del destino.
te llamas Rubén gracias a tu madre

No hay comentarios:
Publicar un comentario