4 de agosto de 2005
Supimos que comenzabas a llamar a las puertas de este mundo mientras veíamos en el teatro romano de Sagunto “Memorias de Adriano”. Si lo hubieras planificado a conciencia, no sé si lo hubieras hecho mejor: para mí, ninguna obra como las reflexiones del emperador más justo escritas por Margaritte Yourcernar, refleja tan bien el paso del tiempo, y pocas expresan de manera más lúcida los sentimientos más profundos del ser humano; el amor, la sabiduría y la cultura, la guerra y la construcción de una nación, el crecimiento personal y colectivo, la enfermedad y la muerte.
Susana, la mamá, había comenzado a tener contracciones regulares esa misma noche, y durante toda la obra, a la luz de las estrellas y de la luna de agosto, se repetían cada diez minutos. Imagínate qué sensaciones para nosotros: contemplábamos las danzas del bello Antinoo, escuchábamos el monólogo del gran emperador interpretado por José Sancho, mientras sabíamos que faltaba muy poco para que nos miráramos a la cara.
Siempre les comenté a mis amigos que, para nosotros, tú ya eras uno de nosotros desde el instante mismo que oímos tu corazón por primera vez en las ecografías. En aquel entonces tú no eras más que un granito de arroz dentro del vientre de mamá, pero la sensación de que ya existías y ya comenzabas a crecer junto a nosotros fue algo en lo que coincidimos los dos desde el primer día que salimos del ginecólogo con la confirmación de que llegabas hasta nosotros y que estabas bien. Por eso la frase más repetida de mamá durante todo el embarazo era: “lo quiero ya tanto…”. Y se acariciaba la barriga.
He hecho este apunte porque nosotros también crecíamos como padres a la vez que crecías tú, y pasamos en nuestro aprendizaje por numerosas fases antes mismo de tu nacimiento: la ilusión por tu futura llegada, los cambios en la casa para esperarte, el cambio de hábitos para cuidarnos, el amor creciente entre nosotros dos…, pero también la incertidumbre y las preocupaciones por cualquier síntoma extraño, el peso de la responsabilidad como padres, el replanteamiento de la vida y del trabajo, el miedo a que te pasara algo incluso antes de nacer. Y al final, cuando los temores se juntan con la ilusión de los últimos meses, una pregunta se repetía cada noche: ¿cómo será?, ¿cómo será su cara?, ¿tendrá mucho pelo o será pelón?, ¿de qué color tendrá los ojos?. Y por muchos avances técnicos y muchas ecografías 3D que nos hubiéramos hecho, eran unas preguntas que sólo se responderían cuando vieras la luz.
Esa misma madrugada, al salir de la obra de teatro, desde el teléfono móvil sin manos del coche llamamos por primera vez a la matrona que nos había asignado el ginecólogo. La situación, en pleno agosto en Valencia, era un tanto caótica: llamamos a la 1.30 horas de la madrugada a una matrona a la que no conocíamos y cogió el teléfono una señora mayor. A pesar de que no se trataba definitivamente de la matrona, nos hizo preguntas acerca de las contracciones, como si fuera ella, y cuando le contestamos nos dijo que bueno, que ella no era la matrona, que se había ido de vacaciones, y que llamáramos a una tal Vicenta que se hacía cargo ella de sus pacientes. Así que, perplejos y preocupados ante tanta incertidumbre (nuestro ginecólogo nos había advertido que se iba de vacaciones el día siguiente y que si pasaba algo llamáramos también a un sustituto) procedimos a llamar, cerca de las dos de la madrugada, a la susodicha Vicenta. La matrona que finalmente nos atendió resultó ser más amable y simpática por teléfono que en propia persona: nos atendió perfectamente a pesar de las horas, nos dijo que controláramos durante la noche por si las contracciones se llegaban a repetir cada cinco minutos, nos recomendó Solgol, para lo que tuvimos que ir a una farmacia de guardia en el Puerto de Sagunto, y nos dijo que, aunque las contracciones no llegaran cada cinco minutos, a las siete de la mañana siguiente la llamáramos, cogiéramos la canastillas e ingresáramos en el Nou de Octubre.
Y a pesar del cronómetro en la mesilla de noche, y del control periódico de las contracciones que siguieron cada diez minutos, y de la emoción por la inminencia de tu llegada, y de lo mucho que nos quisimos aquella última noche solos en este mundo, caímos rendidos de sueño a las tantas de la madrugada y nos despertamos una hora más tarde de lo previsto.
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